
Cuando la vi por la calle, fue una atracción animal. Sus largas piernas pisaban con seguridad en el suelo mojado por la lluvia nocturna, se contoneaba como seduciendo al aire mismo. Sus caderas, con el ritmo del péndulo de un reloj, se balanceaban de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, como si su intención fuera hipnotizar a quien venia caminando detrás de ella, y lo había logrado. La seguí por un tiempo extenso, mientras sus tacones rompían el silencio de la noche, mis pensamientos daban rienda suelta al admirar su largo cabello rubio, quería saber donde iba a llevarme esta nueva aventura, si así podría llamársela, o si por el contrario, iba a terminar como la mayoría de mujeres que observo en la calle. Sin percatarme, íbamos en la misma dirección, como si los lazos del destino quisieran que nuestros caminos se encontraran en algún punto.
Observe como entraba por esa puerta estrecha y oscura, saludando al mal encarado portero de turno con un gesto algo perverso, y por primera vez en esa larga caminata, pude ver el brillo de sus ojos al reflejo de las escasas luces de la calle. Su mirada helada como el mismo techo del mundo, me hizo sentir a las puertas de la muerte por un instante, como si ese gesto estuviera dirigido a mi. Apure mi paso, sentí un mórbido retorcijón en mi estomago que me impulsaba a seguirla por esa puerta de rejas metálicas, oxidadas y sucias, cuando sentí una mano fuerte que me impedía el paso. El maldito guardián de la entrada me cortaba el vuelo, un malandrín con una cortada que atravesaba su mejilla izquierda y un asomo de barba que intentaba ocultar su miedo al pronunciar estas palabras -No puede seguir, esta es la entrada para las mujeres. - Me estaba preparando para apartar su mano de un golpe seco, cuando creo que vio mis intenciones y se alejó dos pasos. De haber seguido mis instintos, habría perdido la oportunidad de volverla a ver, así que le di la espalda y seguí mi camino. Esta noche no cobraría la ofensa, ya llegaría su tiempo.
Encendí un cigarrillo sin filtro, siempre he creído que los mentolados son para débiles mentales, que quieren aparentar una falsa seguridad y no aprecian el sabor del tabaco puro. Lo fumé con bocanadas lentas, mientras esperaba que pasara el tiempo, mientras imaginaba que podría estar haciendo esa bella mujer en un lugar como ese. Me recosté al lado de un árbol a ver como la sociedad se mueve en una noche de lluvia, hombres y mujeres enfrascados en su pequeño mundo de problemas, apurados por el agua que caía cada vez mas fuerte. Pude observar una ventana en el mismo edificio donde había entrado ella, me llamo la atención una silueta delgada, fina, por así decirlo. Las sombras de esa habitación no me permitían estar seguro de la cantidad de gente que allí se encontraba, pero tenía la seguridad que allí estaba ella, la mujer de las caderas hipnotizantes y los tacones musicales.
Terminé mi último cigarrillo del paquete, cuando vi que salia por la misma puerta que cuidaba el hombre que en un error mortal había impedido mi ingreso. Sin pensarlo dos veces, me escondí en las sombras de la calle y decidí seguirla nuevamente, pero esta vez no estaba sola, un hombre flaco y de piel amarillenta la acompañaba. No me importó, la suerte estaba echada, y debía seguirlos. El hombre estaba vestido de blanco, como si los años setentas no fueran capaz de dejarlo atrás, pero ella daba la impresión de no notarlo, o ignorarlo, su falsa sonrisa al tomarlo de la mano parecía más por cortesía que por gusto propio. Los seguí desde la acera contraria, sin perderlos de vista por un segundo, mi mirada estaba fija en la hermosa cabellera de ella, en su figura bien formada y esbelta. el hombre no se daba cuenta de mi persecución nocturna, pero yo estoy seguro que la mujer sabia que yo estaba cerca, acechando. El alcohol se sentía en el aire, y por el andar torpe de él, pude notar que estaba bastante tomado. Pararon en una licorera, ella prendió un cigarrillo, mientras el hombre entraba, tal vez para comprar mas bebida, no lo sé y no me importa, lo único que veía era mi oportunidad. Me acerque a ella con el estúpido pretexto de robarle fuego, olvidando que ya no tenia ni un cigarrillo en mis bolsillos. Ella me miró - ¿Quieres un cigarrillo? - me preguntó, como si pudiera leer mi mente torcida y distorsionada. Acepté sin importar que fueran mentolados, a lo cual me aclaró - Solo tengo de estos, espero no te importe.- Lo prendí, eche dos bocanadas de humo y lo boté disimuladamente. Ella terminó el suyo y volteo a mirar a la tienda, el hombre al parecer se había encerrado en el baño y no daba muestras de querer salir.
- Es la última vez que acepto la invitación de un hombre vestido de blanco - dijo casi para sí misma.
La tomé por el brazo, suavemente, sin decir palabra alguna, ella se dejó llevar sin problema. Caminamos calladamente por la calle, el único ruido que se escuchaba esa noche eran sus tacones al golpear el pavimento capitalino. Llegamos a una calle oscura, donde ella me guió, o esa fue mi impresión, seguimos caminando hasta el final, era una calle sin salida. Sus ojos azules por fin se posaron en los mios, que estaba pensando en ese momento no lo sé. Se acerco y me susurro al oído - Es ahora. - Un golpe seco en mi nuca nubló mi vista por un instante, pero no lo suficiente para no ver de reojo al hombre de blanco. Nos había seguido hasta este punto. Lo comprendí todo. El tipo de la entrada era cómplice, los puso en sobre aviso de mi presencia en las afueras del lugar, la trampa estaba puesta y yo había caído enceguecido por su hermosa figura.
El hombre lanzó otro golpe con algún arma que tenia en la mano, mientras ella se deslizaba por el oscuro callejón. Pero yo ya estaba listo, mis ojos estaban rojos de nuevo. Esquive el ataque instintivamente y hundí con furia en su vientre el frío acero que me acompaña a todas partes. Ese traje blanco pasado de moda no serviría de nuevo. Me encantó sentir la mirada de terror de la mujer congelada a tres metros de la escena, y me deleité sacando el corazón del hombre con mi mano desnuda, por la herida recién abierta en su costado. Todo en menos de 5 segundos, un nuevo record personal pensé. La sangre adornaba el espantoso vestido blanco del hombre, quien observaba incrédulo desde el piso. Su imagen final, fue su cuerpo separado de su propia cabeza, que sostuve por el pelo grasoso, para que observara en primera fila.
La mujer intentó escapar, pero al voltear sus ojos se cruzaron con los mios. Tropezó, el caminar sensual que horas antes me había hechizado se había vuelto torpe por el miedo. Me acerqué a ella, la levante suavemente, mientras acariciaba su pelo largo y rubio, sus ojos aún demostraban la sorpresa de un golpe fallido. Su respiración daba la impresión que se fuera a desmayar de un momento a otro. Intente tranquilizarla pasando mis dedos manchados de la sangre de su compañero por su rostro, mientras mis ojos penetraban esa mirada y una sonrisa se dibujaba en mis labios. La besé, en un beso eterno que quedo inconcluso. Ella intentó escapar, por lo que me vi obligado a arrancarle el brazo por el que la sostenía. En la agonía que sentía, hizo el amago de gritar, pero ya era tarde, su cuello era aprisionado por mi mano. La besé de nuevo, esta vez mordí sus labios, cortando un pedazo del inferior y aspirando su lengua, la cual quedo en mi boca. Su mirada, esa mirada cual tempano, se llenaba de lágrimas de dolor, no pude resistirlo, no quería verla así. Con mis dedos índice y corazón saque sus ojos, azules como el mas bello de los océanos en verano, los admiré por última vez y los guarde en mi bolsillo. En un esfuerzo desesperado se puso de pie y salió corriendo, tropezando con los contenedores de basura y las ratas que se estaban reuniendo alrededor de la sangre. Sus tacones no emitían la misma música rítmica, por lo cual no vi necesidad de verla alejarse. Salté sobre su espalda, con un pie en su nuca y el otro en la región lumbar, tomé una de sus largas piernas y halé hasta despegarla de su cuerpo, repitiendo la misma operación rápida y no tan indoloramente con su otra extremidad. Lo único que quedo intacto fue su pelo, rubio como un girasol primaveral, largo hasta la cintura, pero me llevo el resto, pieza por pieza, sus ojos penetrantes, sus largas y sensuales piernas y el brazo traicionero que me condujo a ese callejón oscuro, donde una trampa orquestada por mortales, nunca bastara para engañar a un demonio.

