La idea original era escribir contra todos los colombianos,
pero me he dado cuenta que no son los colombianos quienes me desagradan, en
verdad, son todos los seres humanos que caminan por este planeta azul con verde
y pintas amarillas. Criticar al humano promedio es sumamente sencillo, basta
ver el comportamiento irracional de aquellos individuos que nos hace
prácticamente la vida de cuadritos con su falta de cultura y estupidez
reinante. Ese cretino que se salta la fila en el transporte público o en el
banco sin importarle quien lleve más tiempo esperando, aquella mujer que
extiende su mano para detener el bus en mitad de la calle en vez de caminar 50
metros hasta el paradero más próximo, el imbécil que sin considerar a sus
congéneres prefiere manejar con tragos en la cabeza convirtiéndose en una
amenaza en potencia. El empleado público que con su desidia y falta de
compromiso brinda un pésimo servicio al público y exige cada vez más, el
empresario de medios de comunicación que vende su espacio a producciones
alienantes que suben audiencia pero que lo único que producen es una
disminución en el coeficiente intelectual del pueblo, el pulgoso maloliente que
se recuesta en mi hombro en el bus mientras cierra la ventana al calor infernal
del medio día. La pareja que sin tener empleo estable trae al mundo tres,
cuatro, cinco hijos o más, y los saca a orearse los fines de semana, en un
espectáculo desagradable. Incluso el anciano que se cuelga los pantalones de
las axilas para que no se le descuelguen los cojones, con su olor a ungüento de
mentol y que acude a mi escasísima paciencia para preguntarme una dirección. Ellos,
todas aquellas personas que dejan a diario su consciencia y sentido común
guardados en la mesa de noche, junto al almanaque Bristol y entre el
escapulario y la estampita del “divino niño” para volverse una masa humana
infecta de idiotez, una plaga que lo único que hace es robarme el poco aire que
queda, todos son los causantes de esta furia en letras que quiero compartir con
ustedes.
Considero que la evolución no está haciendo su
parte, pues por cada persona decente, que puede llegar a agradarme, que puede
inspirar un halo de simpatía en mí, nacen, crecen, se reproducen y NO mueren lo
suficientemente pronto, otros 2 que se
encargan de echar a la mierda mis pocas esperanzas en la humanidad y que de
seguir creciendo a esta tasa, convertirá el supuesto mejor vividero, en el peor sobrevividero del universo. No los
tolero, por conchudos, perezosos irresponsables e incompetentes.
Definitivamente hubiese sido mejor que los reptiles dominaran la tierra, porque
el sentido común del ser humano es el menos común de los sentidos.
Desde el maldito político corrupto que pide se
le mantenga el subsidio de gasolina hasta el asqueroso vecino borracho y
escandaloso que hace parrandas vallenatas o en su defecto de karaoke
aguardientoso hasta las 5 de la mañana un miércoles, pasando por el insufrible
raponero de baja monta que roba celulares a punta de cuchillo oxidado y el
insufrible busetero que se detiene cada 2 metros a recoger pasajeros mientras
tortura a la gente con tropicoima, Candela u Olimpica (que dice en su
publicidad “¡¡se metió!!”… pregunto ¿¿se metió a donde putas??), el problema siempre es el mismo, ¡¡no me
aguanto la gente que me rodea!! Ni mi jefe, que lleva prometiendo un pútrido
aumento desde hace más de un año, y hasta el sol de hoy no lo he vuelto a ver,
ni el infeliz narrador deportivo que con sus gritos de plaza de mercado
medieval, intenta imprimir una emoción lobísima a un partido del Deportivo
Tapitas vs. Independiente Once Ñeros. La falta de respeto y compromiso, la
impuntualidad, la suciedad, la ignorancia, la corroncheria. Una cosa es que
sean una especie adaptativa, luchadora, guerrera, y en algunas ocasiones
medianamente racionales, pero durante desde sus inicios, la inmensa mayoría ha
demostrado ser animales con poco pelo, pocas ideas y mucha habla. Desde el
simple hecho de salir a la calle sin lavarse los dientes, con ese inmundo
aliento de recién levantado como si se le hubiera muerto una rata en la
garganta, a comprar el pan del desayuno en chancletas de caucho, con la huella
de la almohada en el grasoso, casposo, seborriento pelo y la pantaloneta de
ochentera, hasta el no saber pronunciar correctamente palabras sencillas como
“taxi”, “ICFES”, “escenario”, “éxito”, pasando por lecciones básicas de
ortografía, lectura y escritura, es totalmente repulsivo.
Los rituales de apareamiento a punta de música
trópico-caribeña, estridente, vulgar, tosca y completamente sin sentido, con
letras como “perrea mami, perrea” que fácilmente dejarían mejor enseñanza si
dijeran “razona mujer, razona”, pero que por obvias razones de incapacidad
intelectual no son apreciadas, desembocando en una típica y recurrente escena
donde el marido, quien conquisto a la mujer con tonadas románticas como “sé que
quieres, se te nota” termina agrediéndola al llegar alicorado a la casa, y no
siendo esto lo peor, sino cayendo más bajo aún, cuando la mujer lo justifica y
hasta lo defiende ante alguien que ose criticar dicha acción cavernícola. Esa desgraciada falta de capacidad cerebral
para analizar las cosas sencillas y soberbiamente creerse la cúspide de la
pirámide evolutiva, solo demuestra la ignorancia reinante del noventa por
ciento de la población, y por consiguiente me da la razón indiscutible al
afirmar que se han convertido en un estorbo en un mundo sobrepoblado.
Mano dura y cero tolerancias, porque demostrado
está que a las buenas, no se pudo, y a todos aquellos que se pasan la vida
pensando que son la máxima expresión en cuanto a especies se refiere, afirmando
que son ejemplos impolutos de seres humanos, incluso sin saber cómo controlarse
ante las ganas de sacarse los residuos de carne entre los dientes mientras
caminan por la calle, por favor, sumerjan la cabeza en un balde con agua y repitan el
alfabeto cien veces (si es que lo saben, si no, reciten las vocales 580 veces
por lo menos), para que al menos de esa manera, nos permitan a los demás
intentar olvidar de una vez por todas, que lo que parecía ser la especie
racional del planeta, se ha convertido en 6 billones de bacterias sobre
desarrolladas, y lo más seguro, es que algunas de esos virus que se hacen
llamar humanos, van a ser quienes más se sientan aludidos por este escrito y en
una horda salvaje de comentarios inicien una guerra de insultos y reproches que
terminaran dándome la razón.

